Cosmos and Cosmetic.

Día 19. Trastornos mentales.

Posted in Londres by Just Cosmetic on 24 agosto 2009

Antes de nada, una aclaración: Cromwell prohibió la Navidad, los bailes, el teatro y todo lo que resultara entretenido. No nos extrañemos, pues, de que después su cabeza colgara durante veinte años de la entrada de la abadía de Westminster. Normal que le odien los ingleses. Ni monarquía ni políticas liberales ni mandangas. Este nuevo dato la explica -y justifica- todo. Hasta las incoherencias de Morrisey.

Zanjada ya esta cuestión, vuelvo a la carga con esto del blog, porque ya he acabado con el grueso -como el intestino- de mi trabajo aquí. Quedan algunos flecos por recortar, pero eso poco a poco, sin este estrés de estos últimos días. Que digo estrés como podría decir ambipúr, porque de estrés nada, que a mí me entra la locura del trabajo y soy feliz en ella durante un tiempo. Y así ha sido. Que me he pasado tres días encerrada en el hostel, con el portátil de la cama a la mesa del bar y al revés, más contenta que un xínxol.

Y eso que la semana pasada fue dura, porque tenía que trabajar -pero me costaba, me costaba- y también por culpa del cavernícola de Matera y el resto de compañeros de habitación o zulo, que aquello parecía el camarote de los hermanos Marx. Afortunadamente, tengo un ángel salvador. El recepcionista portugués, que se llama Francisco, y habla español, y es encantador además, me ha arreglado mis bookings para lo que me queda de estancia -que son dos semanas- y me ha conseguido precios más baratos y una habitación de chicas en el segundo piso que, cuando la vi, hizo asomar lágrimas en mis ojos de felicidad. Moqueta sin manchas, lavabo impecable, tranquilidad. Bueno, o eso creía, porque tengo un relato espeluznante que hacer de la habitación del pánico, que es el bonito nombre que le he puesto a la 402. Pero eso lo cuento luego.

Antes, voy a explicar el final de algunos personajes que aparecieron en episodios anteriores. El tirillas italiano fans total de Madonna se fue. Un día, mientras yo me depilaba las piernas y el cavernícola de Matera estaba en su cama con cara de confusión, como siempre, el tirillas cerró la maleta y se dirigió a la puerta. Yo, como buena periodista que soy, no pude menos que preguntar: “Oh, are you leaving?!. Él, con esa cara de suficiencia que ponen las maricas talifanes, me contestó: “Yes, I know hostels cheaper and cleaner than this”. Pues qué suerte, pensé yo. Dio un golpe de melena conseguida a golpe de plancha, se giró y se alejó por el pasillo. Nunca más le volvimos a ver.

Hasta dos días más tarde, en que me lo encontré, a él y a su portátil, en el bar. “Oh, you are back”. Le dije. Esta vez estaba menos crecidito: “Yes”, me dijo escuetamente. “No cheaper and cleaner hostel?” Le dije yo. “No”. Eso me temía. Y por aquí anda, o andaba, no sé, desde que vivo en el segundo piso no me mezclo con la gentuza de la planta baja.

🙂

Respecto al cavernícola de Matera, se fue el mismo día en que conseguí cambiarme de habitación. ¿Os acordáis que dije que tomaba notas de todo? Pues el día de su partida me encontré un libretita verde raquítica, a la que habían arrancado muchas hojas -la pobre- sobre la repisa de la pica del lavabo. Tenía un postit pegado a ella, con una anotación en italiano, algo así como: “sigue tu camino y bla bla bla”. Uno de estos rollos buenrollistas, valga la redundancia. Abrí la libreta y vi que estaba lleno de frases y citas de intelectuales y literatos, todas en italiano. Así que el cavernícola era un poeta!! Un alma sensible!! Qué grima, menos mal que se ha ido. Ya sabía yo que tenía algo raro, que me hacía desconfiar. Umm.

¿De quién más tengo que hablar? Ah, sí, de Marilena. Pues no sé si le gustó Barcelona o no, aunque seguro que sí, tiene toda la pinta de que le guste Barcelona. No fui al final a la fiesta del viernes en la escuela de inglés, porque tenía que trabajar, ya sabéis, quitarme el grueso de encima. Así que no sé, no sé. Sin embargo, tengo noticias de Beaa, o mejor dicho, Be’yà, que es así como se escribe. Y esto lo sé porque me lo ha dicho, toma ya!, y me ha dado su mail y todo. Lo cierto es que el último día de clase suyo -porque ya no va a venir más a clase- me hice amiga suya, de ella y de Valery, la venezolana, que ya era amiga suya de antes. Sí, escribo como una retrasada mental o una niña de cinco años, pero es que las relaciones de este tipo, efímeras y superficiales por necesidad, se desarrollan así. El viernes, después de clase, nos pusimos a hablar como cotorras las tres y, en una hora, estábamos descojonándonos de un pobre ciego en la calle. Así que el próximo fin de semana, Alá mediante, quedaremos para hacer un karaoke o vete tú a saber qué. Lo que sea a mí ya me va bien.

La verdad es que Be’yà (pronunciado Bea, como yo) ha resultado ser una sorpresa. Además de ser guapa hasta decir basta, es divertida e inteligente, y trabaja en el mundo de las finanzas -que eso viste mucho- y habla francés e  inglés. Pero es que encima habla a la perfección  20 dialectos del árabe! Bueno, con eso me mató. Casi le hago la ola. Viva la gente que conoces por ahí, que es que te quedas tiesa con tanta diversidad planetaria. Y encima creo que es musulmana, en el sentido más religioso del término. Quiero decir que no reniega del Islam, y eso te lo dice mientras se recoloca la melena con sus uñas largas, con dos cojones. Debería ir a la tele a explicar las cosas que me explicó a mí, que es que somos todos unos ignorantes de lo de los demás. Valery también me cae muy bien, pobre, que de ella no hablo. Pero es que es más normal para mí, odia a Hugo Chávez y es química. Pues venga, a lo siguiente.

Lo siguiente es Edwin. Oh, Edwin, mi Edwin, qué criatura tan celestial. Edwin es un chico francés que llegó nuevo a clase la semana pasado, con el pelo tan rubio que es que me duele mirarlo, que parece el niño de Pipi Calzaslargas cogido por la cabeza y estirado hacia arriba hasta el metro noventa. Edwin, como digo, es alto y delgado, y no creo yo que tenga más de veinte años. Al principio, sólo me llamó la atención su pelo rubio, porque tenía pinta de pijo francés, que no es lo mismo que pijo belga, que me interesa mucho más, donde va a parar. Aunque, a pesar del polo, calzaba unas bambas destrozadas, con agujeros por todas partes, que delataban algo más allá de esa percha fina que se gasta. La cuestión es que el viernes nos pusieron juntos, con otras dos tías, a hacer un ejercicio. Se trataba de inventarnos un país y crear las leyes. Bien, pues se me ocurrió a mí hacer una dictadura, y nos pusimos a pensar las normas de conducta de nuestros súbditos, y descubrí que Edwin tenía un estupendo sentido del humor. Y luego hablamos de la democracia, y las drogas, y la policía, y un montón de cosas y comprobé, asombrada, que es una persona inteligente y sensata. Lo que me acabó de matar es que, luego, mientras discutíamos con el resto de la clase las leyes de cada grupo, uno de nuestros compañeros, un chico iraní con una cara de buena persona que te parte el alma, se puso a contarnos cosas sobre lo que está pasando en su país y Edwin y yo nos quedamos todo el intermedio entre clases hablando con él. Me encanta descubrir que hay chavalería con interés hacia algo más que las polladas que veo yo en los adolescentes, que me ponen enferma. Por eso Edwin me parece una criatura celestial. Y punto pelota.

Bueno, y ahora sólo me queda hablar de la habitación del pánico. Antes de eso, debo hacer una mención aparte a otras locuras observadas aquí. Que iba el otro día en bus y se me sentó un señor negro al lado. Unas filas por delante, tres italianos de mierda cantaban una canción. El negro los hizo callar con un grito que hizo que yo diese un bote a su lado. Y luego empezó a murmurar, para sí mismo: “tell them to be quiet, tell them to be quiet…” Qué miedín, virgencita. Me puse a mirar por la ventana como una poseída, no fuera que la voz que salía por sus labios le dijese que me matara o algo por el estilo, como el Pinocchio del parque de Bloomsbury del otro día. Y éste no es el único loco del autobús. El otro día, una loca con pinta de Susan Boyle, empezó a hablarle a una pobre señora que no ha había hecho nada -que yo sepa, al menos- y a preguntarle sobre su vida. Y la pobre señora pues contestaba como podía, mientras todo el autobús escuchaba en silencio. La loca, que resultó ser rusa, se reía a cada respuesta de la señora, con una risa aguda y nerviosa de poner los pelos como escarpias.

En fin, que lo de la habitación del pánico es peor, mucho peor. Yo ya tenía un antecedente. La de 37 años, la semana pasada, me dijo que tenía una chica durmiendo a su lado que era muy rara y que le daba miedo. Me contó que, por la noche, hiperventilaba sonoramente en la cama. Que hacía ruidos raros cuando dormía, y que la había visto hablando sola por la calle. Yo me reía, claro. Hasta ayer por la noche. Porque ayer, en mi nueva habitación de señoritas, donde debería reinar la armonía y la tanquilidad, apareció esta loca. Ya habíamos apagado la luz, eran las doce y media pasadas, como en las películas. De repente, se abrió la puerta y ahí estaba, poniendo las sábanas en su litera. Yo entonces no sabía que era la loca. Pero me di cuenta en poco rato. Entró al baño y escuché su voz. Pensé que estaba hablando con el móvil, pero al salir vi que no, que hablaba sola!! “Dios, la loca!!” pensé. Imaginad qué pavor. Todo oscuro y una voz a tu lado hablando bajito para sí misma en un idioma que no conoces. Porque no se entendía si era inglés o polaco o qué. Pero lo peor no era el murmullo constante, lo peor era que, cada poco rato, callaba y entonces empezaba la fase de hiperventilación. Se ponía a respirar cada vez más fuerte y rápido, como si estuviese follando pero sin gemir. Joder, qué impresión. Y luego, venga a hablar otra vez. Total, que desde mi cama veo la suya. Y resulta que colgó su chaqueta en uino de los palos de la litera pero yo, como no había luz, pensaba que era ella que estaba sentada en la cama, mirando hacia mí. Qué pavor. Estuve un buen rato de cara a la pared, pero cada vez que cerraba los ojos tenía la sensación de que escuchaba la voz más cerca, como si estuviese a mi lado. Menos mal que al cabo de un rato descubrí que era la chaqueta lo que estaba ahí colgada y me pude dormir. Joder. Espero que no se quede muchos días. De verdad que da mucho miedo.

Otro personaje de este fin de semana ha sido Nacho, el argentino. Pobrecito, cumple todos los tópicos. Toma mate, lleva el pelo amelenado y es publicista. No se puede ser más argentino, joder. Y, claro, como no puede ser de otra manera, habla y habla y habla. Menos mal que ya se ha ido. El sábado por la noche me pilló por banda y me contó su vida, sus planes de futuro y su opinión, así en general. La única vez en mi vida que he tenido una cita con un argentino -y que conste que yo no quería, me vi obligada por las circunstancias- acabé vomitando delante de él, de lo nerviosa que me puso. Él me decía: “¿Estás bien, estás bien?” Y yo contestaba “Sí, sí, debe ser algo que he comido y me ha sentado mal”. Los cojones. Son los argentinos lo que mi cuerpo no tolera. El sábado, afortunadamente, estaba en el hostel, territorio conocido, y pude escabullirme a mi habitación.

Y esto ha sido todo por el momento. Esta tarde vuelvo a las andadas -nunca mejor dicho- de turismo y exploración de la ciudad. Ayer por la noche hice una avanzadilla, que, tras acabado con el trabajo, me fui a engullir una bandejita de sushi del Tesco frente al Big Ben, junto al río. Estaba ahí sentadica, tan tranquila, cuando un chico inglés borracho y desagradable empezó a meterse con un pobre italiano que estaba con su novia allí en plan romántico. Pensaba que se iban a dar. Y entonces, el señor que estaba sentado a mi lado, se levantó y arregló la situación. Era un hombre elegante y un poco raro, con abrigo negro hasta los pies, bastón con puño de plata y un sombrero de paja. Pero, como era de noche, tampoco llamaba mucho la atención. Bueno, a mí sí, porque me parecía enigmático e interesante. Parecía Anthony Hopkins pero, para mi gusto, más guapo. Y un poco más joven. Total, que una vez logrado el objetivo de calmar al borracho y hacerle irse, vi que sacaba un móvil y hablaba con otro tío, avisándole de que el chaval iba para allá. Era un policía de incógnito! Me fijé entonces que llevaba el abrigo como abultado. ¿Qué debía hacer por allí? Me quedé de lo más contenta.

Y ahora sí que esto es todo por hoy. Besos a todos. Voy a subir a mi habitación a dejar el portátil. Espero no encontrarme a la loca. Ains.

5 comentarios

Subscribe to comments with RSS.

  1. Kiko said, on 24 agosto 2009 at 7:53 AM

    talifanes?

  2. Just Cosmetic said, on 25 agosto 2009 at 12:38 AM

    Taliban+fan=talifán

  3. I wanna be somebody´s else bitch said, on 26 agosto 2009 at 3:53 AM

    Madre mía… Quieres una cerbatana y unos darditos de demerol? Por si acaso, digo yo.
    Por cierto, no veas como te sueltas, debes tener las yemas en carne viva. Yo me estoy despegando los párpados de los ojos, porque me he quedado sin humor vítreo…

  4. equisy said, on 1 septiembre 2009 at 1:30 AM

    Ay, ¡que hace una semana que no escribes! ¡No te habrá hecho algo la loca!

    • Just Cosmetic said, on 1 septiembre 2009 at 2:53 AM

      No, pero casi!!!!😦
      Luego escribo, es que tengo trabajo y por eso no he actualizado nada. Pero de hoy no pasa.
      🙂


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: