Cosmos and Cosmetic.

Día 2. Energía física.

Posted in Londres by Just Cosmetic on 9 agosto 2009

Estos ingleses tienen unas cosas fantásticas. Como hacerle un monumento a la Energía Física, así porque sí, porque ella lo vale. Pero es que es verdad, a ver si no qué sería de nosotros sin ella! En España no pensamos en estas cosas, y así nos fue con nuestra supuesta Armada Invencible, y así nos sigue yendo. Por palurdos. ¿Y quién mejor que un tal Mister Watts para moldear la estatua conmemorativa de tan útil energía? Si es que no se les escapa ni un detalle, a esta gente, hay que ver qué ingeniosos son.

En fin, ayer me tumbé delante de un enorme platanero a admirar el monumento mientras me comía dos peras. Periódicamente, pasaban parejas de ocas volando, al más puro estilo Nils Holgersson, y graznando alegremente. Parece mentira que vivan dentro de la ciudad. Todo esto está en Kensington Gardens, una extensión enorme de árboles, césped y estanques pegada a Hyde Park, en cuyo interior todo parece distinto, mucho mejor. La gente sonríe, los niños juegan apaciblemente y hasta los perros se muestran encantadores, moviendo sus colas sin parar y recogiendo obedientemente los palos que les tiran sus dueños para devolverlos en mano después.

A mí eso me admira, porque ninguno de los perros que he tenido ha sido jamás capaz de llevar a cabo esta actividad que parece tan fácil a simple vista. Mi primera perra era la más cabrona, iba a recoger el palo, o la pelota o lo que fuese, para luego atrapar el objeto con firmeza entre sus dientes. Volvía a ti con rapidez, sí, pero sólo para llevar a cabo su particular juego: intentar que le quitases la pelota mientras ella la apretaba en su boca con todas sus fuerzas. Yo había llegado a levantar a la perra -cuando era jovencilla, jovencilla la perra y jovencilla yo- un palmo sobre el suelo mientras ella tensaba los músculos de su cuello con tal de no perder el botín. Vamos, estábamos las dos para llevarnos al circo. Mis otros dos perros fueron más pasivos. Uno iba entusiasmado a recoger el palo o la pelota y después, a medio camino de vuelta hacia ti, y mirándote desafiante a los ojos, lo tiraba por ahí en medio, esperando que fueses tú el que fuera a recogerlo de nuevo, como si te dijera “ahora te toca a ti”. Y el último, directamente ni se inmutaba cuando tú le tirabas la pelota. Sólo un ligero giro del cuello, lo justo para mirarte con cara de “si te piensas que me voy a mover, vas dao”.

Pero en Kensington Gardens eso no pasa. Yo creo que hay un encantamiento sobre el parque que hace que en cuanto entras te conviertas en mejor persona -o mejor perro, o incluso también en mejor oca- y de repente valores la suerte de estar allí. Yo no me quería ir. Ni siquiera saqué las gafas de sol, dejé que éste se estampara contra mi cara. Nada importaba. Estaba en Kensington Gardens.

Toda esta tontería la pensé bajo el platanero, pero luego me levanté  y divisé, al final del sendero, el Albert  Memorial, que es tremendo de lo feo que es. El pobre Albert  era el marido de la Reina Victoria. Y digo pobre por dos motivos: el primero, porque murió de fiebres tifoideas a la tierna edad de 42 años; el segundo, porque le construyeron este horrendo monumento tras dejar este mundo, pese a haber dado órdenes expresas de que no quería nada ostentoso tras su muerte. Me lo imagino en la cama real, con la frente perlada de sudor -como dicen los malos escritores- susurrándole a su mujer: “Vicky, Vicky, cuando muera quiero algo sencillo. Como las infantas españolas, que son tan discretas.” Pero la Reina Victoria, que debía ser una dominantona de aupa, tipo Rocío Jurado, debió pensar -mientras lloraba desconsolada- que los cojones, que su Albert era el rey consorte y que se merecía todo eso y más, así que le armó un pastel de oro y oropel que ahí está, conmemorando a todos los pobres maridos calzonazos del mundo, que deberían acudir en procesión al Albert Memorial a llorar por su destino. O eso o es que la Vicky no soportaba al pobre consorte, y lo que quería era putearle hasta después de muerto. Sea como fuere -me encanta esta expresión, mira que suena rara-, no parece una relación equilibrada la suya. Tendré que investigar más al respeto, los culebrones decimonónicos me pierden.

Después visité el Natural History Museum, que es una maravilla. Incomparable. Mejor incluso que el de Berlín. Vi fósiles de troncos de árboles en los que se distinguían hasta los aros interiores que dan la edad, esculpidos en cobre y mármol y otros materiales. Vi un nuevo mineral que han descubierto los investigadores del museo -que, por lo que veo, son bastante espabilados- que resulta que tiene la composición exacta de la kriptonita de los comics de Superman. Vi fósiles de peces gigantes tan grandes que casi me pongo a llorar. Vi a un señor atractivísimo -si es que existe esta palabra o si es que se puede ser tan atractivo- vestido de investigador victoriano sentado en un banco con una caja de escarabajos pinchados con alfileres explicándoles a los niños que pasaban por allí cosas muy interesantes sobre los bichos. Vi columnas neogóticas repletas de monos de piedra en el hall de entrada. Vi cristales de oro, amatistas con leyendas negras, esmeraldas como puños. Vi diamantes en polvo caídos de las estrellas que, según rezaba la etiqueta, son el material más viejo que existe en el Universo. Vi  una colección de 296 diamantes de diferentes colores que se volvían fluorescentes bajo los rayos ultravioleta. Vi una piedra preciosa llamada alexandrita, que cambia de color, del rojo al verde, según el día o la noche. Vi ópalos enormes, blancos, negros y azules. Vi una sección del tronco de una sequoya de 1.300 años de edad. Y paro ya, que menuda retahila de cosas, Dios bendito, parezco Roy Batty en la escena de la paloma de Blade Runner.

En fin, que después me fui a pasear por la City, que es la parte más antigua de la ciudad y que se parece un poco al Financial District de Nueva York pero sin los rascacielos. Me encantan sus callejones, llamados “courts”, que desembocan en pequeñas plazas atrapadas en el pasado, con casas antiguas, muy antiguas,  como de hace doscientos años por lo menos. Joder, si hasta estuve en una taverna que data de 1430! Aunque la que más me gustó es otra, Ye Olde Cheshire Cheese, reconstruída tras el gran incendio de 1666 y que no ha cambiado absolutamente nada desde entonces! Se esconde en un callejón que sale de Fleet Street -sí, el mismo donde Sweney Todd cortaba el pescuezo a sus confiados clientes- y cuando entras, es como si viajases en el tiempo. Dos plantas de sótano, una planta baja y tres pisos superiores, todos con suelos y paredes forrados de madera, y un crujir constante a cada paso. Mesas y sillas donde han bebido Voltaire, Charles Dickens, Chesterton, Arthur Conan Doyle y Mark Twain, entre otros. Y sigue en activo, ininterrumpidamente, desde hace 343 años. Ahí es nada. Sin duda, el bar más bonito que he pisado jamás. Tan bonito que, una vez visto, no me lo podía sacar de la cabeza y un par de horas más tarde, frente al edificio de la Bolsa, le hablé de él a una chica china con la que estaba consultando el mapa. Así que para allá que nos volvimos a beber, una cerveza ella, una copa de vino blanco yo. Con la tontería,  nos vimos hablando con la gente que lleva el bar, que son australianos, e incluso uno de los camareros nos enseñó las habitaciones donde duermen, en el mismo edificio. No me puedo quejar.

De vuelta a Oxford St, y ya pasadas las doce de la noche, nos dimos una vuelta por el Soho como dos zombies, con los pelos revueltos, los cordones desatados y los mapas mustios, todo un contraste con los tacones y faldas cortas de las enormes hembras que nos rodeaban. Me reafirmé en mi teoría de que el ambiente es como el de la calle del Vips de Calafell. Pero a lo grande. No creo que le dé una tercera oportunidad, a no ser que alguien que conozca la zona me guíe para sortear tanto club hortera tipo NYC West Village. Y luego me fui a dormir.

En otro orden de cosas, por fin conocí al iraní ayer por la mañana, de vuelta a mi habitación tras escribir el post anterior. Unos ojillos saltones aparecieron en el baño y me sometieron a un interrogatorio mezclado con frases que intentaron -sin éxito, claro- impresionarme. Se estuvo como diez minutos intentando hacerse amigo mío, el pobre. Finalmente, y tras preguntarme si quería ir a comer con él, le espeté un “I prefer doing things on my own” que tuvo mucho efecto en los dos. En él porque supongo que no entiende que alguien prefiera estar sola que con cualquier persona que se le cruce por el camino; en mí porque fue como confirmarme, en voz alta, que no necesito a nadie más para disfrutar de mis andanzas vitales. No sólo en Londres, sino en general. Hacía tiempo que necesitaba recuperar esta sensación. Quizás fue esta felicidad la que me acompañó mientras disfrutaba de Kensington Gardens unos minutos más tarde de mi conversación con el iraní. Londres me llena de Energía Física. En el sentido más amplio del término.

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